Sub secretaria de derechos humanos.
Ministerio de educación
Sub secretaria de cultura
Alberto Wainer. Asesor Literario.
Al ofrecerle este soberbio texto (de hecho quizás el más revelador en la forma y en el contenido que ha sido sometido a esta Asesoría Literaria en lo que va del año) para que lo produzca, el autor enfrenta al Teatro Nacional a su dilema vertebral, y él mismo, poeta antisistema, se expone a las turbulencias de la paradoja. Bien pensado, es lógico que sea así, porque el método de producción es también la estética y, que duda cabe, la ética del producto artístico. Es sintomático que en las “historias oficiales” del Cervantes, no haya, hasta ahora, espacio para una puesta en crisis de los repertorios y de sus soluciones formales. Zito Lema nos pone en las manos una poética que quema, más que por su lucidez y el pathos de su discurso histórico -que también por eso- por la desmesura de un lenguaje furiosamente lógico y, a la vez, desestructurado, con ese algo de voluntad irracional, que así la definiría Pasolini, que permiten desplazar la realidad para poder imaginar libremente.
El verdugo, en quien se encarna la “Razón de Estado”, pero también un universo de contradicciones que, en su dimensión trágica, filosófica y política, nos incluye narra tres asesinatos y tres tiempos paradigmáticos de nuestra historia, pero la sintaxis impone un acaecer que siempre es tiempo presente, una multiplicación de presentes –y no puede evitarse recurrir a Pasolini- como si la acción (la historia) en vez de cumplirse una sola vez ante nuestros ojos, sucediera obsesivamente, componiendo una búsqueda de relaciones y de significados sin solución de continuidad, metáfora de la cadena de sometimientos, culpas y complicidades que mediante la elaboración de las palabras de la memoria estalla artísticamente.
“Sombras nada más “, parece coincidir con una nueva dramaturgia (pienso en Enzo Corman, Sarah Kane, etc) que excede a las domesticadas transvanguardias y retoma el concepto de que en el teatro -una bolsa de resistencia- lo que provoca la reflexión del espectador es, sobre todo la lengua, en su repetividad misma. Ahora bien, hablábamos del dilema del teatro oficial desde el que puede censurarse, sin ejercicio expreso de la censura, la violencia expresada en el arte y, por omisión, propiciar la violencia de los sectores hegemónicos, o asumirse, como espacio público, libre y crítico, de creatividad, memoria e identidad. “Sombras nada más” es una hermosa provocación en ese sentido.




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