"Cuando les toque rendir cuentas la única pregunta será: ¿qué han hecho con el amor?..."

El Texto


SOMBRAS NADA MÁS...

(La fusilación de Manuel Dorrego, Juan José Valle y Darío Santillán)


Primer movimiento

VERDUGO (Fue imponente, ahora también es viejo):
Veo sombras, espectros, fantasmas... Podría tocarlos, si mi deseo fuera más  fuerte que mi temor... Si mi   mano, que nunca tembló, no cediera hoy ante mi alma...
Frente al espejo es que veo las sombras. ¡Danzan! ¡Las bastardas sombras danzan y danzan! ... ¡Ellas ya tienen los recuerdos de mi muerte! ¡Fuera! ¡Fuera de mi! Yo las espanto, sombras... ¡Lejos! ¡Muy lejos! Hasta que se confundan con el aullido de los perros y los pobres que rondan hambrientos la ciudad.
¡Muy rojos, sus ojos!
Nada... de culpas, de reproches... ni el bien ni el mal en la conciencia... no puedo quejarme, ni pedir socorros; tampoco clemencias, porque nunca las he dado y todavía las desprecio, aunque sude pavor y las sombras me toquen la espalda. Un hombre grande, frágil como una hoja... ¡Soy un imbécil perdido en la tormenta! ¡Olas! ¡Olas! ¡Es Dios que me escupe!
¡Y a mí me toca dar cuenta de la tragedia!
¡Sombras! ¡Sombras! ¿Por qué me persiguen... para qué me interrogan... hasta cuando me acosarán si lo único que hice fue estar donde debía, y apretar el gatillo, hundir la daga, tirar de la cuerda en el momento preciso, el ínfimo punto de la letra “i” en la palabra “fin”...?
Mi oficio, el más terrible, por odiado y  temido: verdugo.
Soy el hombre que mata a otros hombre sin que  medie el amor, el odio, o cualquier otra pasión tan humana como imaginable.
Yo mato por mandato del poder...
¡Y no vengan a preguntarme si mi mandato es expreso o  tácito; si se trata de una orden escrita o de un guiño en la penumbra; no busquen la complicidad ni la confesión... ¡ni una ni otra sirven cuando la lengua cuelga de la boca!
¡Hombres y hembras sin distinción!
¡Ya no sirven las trampas! (Riendo, terrible). Cuando les toque rendir cuentas la única pregunta será:  ¿qué han hecho con el amor?...
Yo, a mi turno, diré: lo convertí en pura muerte, para que no se pervirtiera en la agonía.
Veo sombras. En el fondo del vaso, en el fondo de un sombrero, en el fondo del lago... en el fondo terrible del aire...
Ni siquiera tengo el consuelo de estar ciego.
Las sombras de mis rondas ya las imaginan: son los cuerpos vivos que  tuve ante mí y lloran todavía...
En la soledad, sin nombres, apenas hay espanto...
Podrían preguntarse: ¿Quién es al fin este hombre? ¿Es el horror, o es también una víctima del horror?
Soy, nada más y nada menos, lo que cada hombre desea ser desde el mismo momento que se descubre mortal: un verdugo.
Cuando uno toma la vida de otro se convierte por un instante en un Dios eterno que interpreta toda la historia humana.
Sosteniendo naturalmente, sin cobardía ni heroísmo extremo, la mirada más difícil, que parece siempre igual, pero no lo es: la mirada del adiós...

Segundo movimiento

VERDUGO: ... Hoy..., que el frío se pavonea por todos los huesos y hasta me duele la muela, la de juicio, será la fusilación... ¡Una fusilación sin juicio, para que tengas más muelas, Manuel Dorrego! Nadie sabe bien porqué... o acaso nadie gusta saberlo... siempre hay miedo cuando la muerte está por subir a escena... se bajan las cabezas... apenas se escuchan los murmullos... o el viento, rojo, de piedra...
Allí comienza el desfile de las sombras... cada uno a su manera, retrocede... furtiva es la mirada, tiemblan los labios...
¡Tilín Tilín! ¡Tilón Tilón!... yo, como buen verdugo, escucho las dos campanas... aunque la soga se la ponga al cuello más débil... ¡Los verdugos beben vino... pero escupen el vidrio!

DORREGO

¿He estado ciego?  ¿Me he dejado traer hasta este
matadero como a un niño al que llevan de la mano?
¿Caí en engaño?  ¿Fui torpe?   ¿Pude haber evitado la
desgracia?  ¿Por amar la libertad mas que la patria
perdí aquella y perjudique a la otra?
Cómo saberlo...
Cómo encontrar respuestas en el momento en que mi
vida ya se termina...

Voy a morir. Dentro de una hora voy a morir. Este
sol ya no será mi luz ni esta tierra mis pasos.  Me
privaran de los árboles, las piedra, los animales.
Me privarán del claro río y la mar grave. Nadie
vendrá a despertarme. No escucharé los fuertes
buenos días. Tampoco el susurro escucharé. Ni
susurros, ni relinchos, ni vientos contra el pajar,
ni a la calandria en el alba ni al grillo en la
noche escucharé. Estoy cansado, me pesan los huesos,
me duelen los galopes, los encontrones, las heridas.
¡He sido herido tantas veces! Ni siquiera los que
mucho me odian podrán decir que he sido cobarde.


¿Qué será de mi mujer?¿Y mi hermano?  ¿Correrá
peligro mi familia?  A esta hora deben estar durmiendo
mis niñitas. Es demasiado fuerte el sol. Es roja la
pampa en el verano. Se termina diciembre, conozco
ese olor cargado. ¿No más nuevos años Manuel...?
¿No más carne, galleta y mate Manuel...?  No más
siesta bajo el sauce y corridas de pumas entre los
matorrales Manuel? Ya no eres un muchacho. Tienes
43 años Manuel. Sí, soy un hombre que se prepara
para la muerte. Sí, y después de mi ¿a cuantos más
matarán por esta causa de justos y de libres? Todo
el cielo esta lleno de mariposas. Dios mío: ¿será
cierto que me van a matar? ¿será cierto que me
llenarán de balas como si fuera un mal asesino, un
traidor? ¿No hay juicio para mi? ¿Seré fusilado sin
saber de qué se me acusa? ¿Nadie me escuchará?
Más y más mariposas...Hijitas: ¿serán siempre tan
bellas como las he soñado? ¿Tan llenos de maravillas
sus ojos en el despertar? Pobre esposa mía. Solo dolor
y desventura te he traído. Mi esposa, mi amor, si
pudieras al menos llegar a ser feliz...

Pude morir tantas veces. Hubo tantos combates... Pero
por que aquí Dios mío: ¿por qué hoy y así?  ¿Qué grande
injuria, qué grande culpa expío, qué grande daño he
hecho?  No me hubiera importado morir entonces, en la
pelea. Todo era tan rápido y tan claro. De un lado
el opresor. Del otro lado, nosotros. Pequeña patria,
tan niña como mis hijas. Había que darte calor, había
que cuidarte, protegerte, enseñarte a vivir sin miedo.

Y uno se envolvía la patria bajo la camisa, bien

cerca del corazón, y apretaba los dientes y embestía. Y
terminado el combate uno se abrazaba con los compadres
y reíamos fuerte y soñábamos esperando el nuevo
combate, la próxima embestida, la otra vez de tomar
a la patria chiquita y guardarla bajo la camisa...

Este sol no se termina.
Este cielo no se termina.
Estos combates no se terminan.
Todo seguirá.
Si, todo.

Mi amor, Mi Ángela, mis hijitas: quiero hablarles.
Pedirles que nunca tengan vergüenza de este hombre.
Que nunca desvíen la mirada.
No les dejare fortuna, pero tampoco deudas.
Mis amigos serán los de ustedes. La patria Chiquita
crecerá con ustedes. Y ustedes alumbraran la fría
vastedad de esta tierra que demanda mis huesos.
No guarden odio. Tampoco lo hay en mi corazón.
Aunque me fusilen en un corral de vacas.             

Tercer movimiento


VERDUGO:
¿Adivinen qué guardo en el culo?...
Ni con ayuda divina tendrían la respuesta... Son cartas... Las escribió un desgraciado antes de morir... Pensarán que cometo una falta de respeto... Se equivocan... Simplemente me defiendo... ¿Qué sería de la vida de un verdugo que se conduele por sus muertos...?
Además, no fue el primero ni será el último que escribe las cartas del adiós...
Sólo pocos gozan de la suerte de dejar sus palabras finales para la historia... Apoderarse de algunas migajas de eternidad... ¡Vaya riqueza, si se compara con el océano de olvidos que devora a la multitud...!
¿Y yo, verdugo de los cuerpos, terminaré mis días colgando las almas... tendrán cuello las almas...?
Aquí están las cartas... Tienen mierda... No lo digo por mi culo, sino por las pasiones... tristes pasiones que todavía despiertan...
¡Ese desgraciado de Juan José Valle sigue desafiando con sus cartas!
¡Qué busca! ¡Que lo fusilen otra vez!
¡Qué desea! ¡Que fusilen a otros por su misma causa!
Escuchen esta carta... ¿Se imaginan las palabras de un vencido que acata su destino...?
...!No, el desgraciado se burla de la historia! ¡Todavía amenaza! ... Se ganó bien el tiro del final el desgraciado. Es una carta al general Aramburu... Ya saben, tenía el poder después que derrocaron al presidente Perón... Ya saben, el que derrocó a Perón en el cincuenta y cinco.

“Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Para liquidar  opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes escarmentar el pueblo...
...De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos.
...Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mi a un idealista sacrificado por la causa del pueblo.
...Sus mujeres, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Ustedes vivirán, bajo el terror constante de ser asesinados. Conservo toda la serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado por una minoría oligárquica.”

En cuanto a los argentinos no creo que les interese mucho la muerte de sus salvadores. Los héroes y los ángeles son buenos para las novelas, o para los rosarios.

“Es asombroso que ustedes, los más fervorosos aduladores del régimen depuesto, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Todo el mundo sabe que la crueldad de los castigos los dicta el odio, , solo el odio de clases y el miedo, para liberarse del propio terror, siembran terror.
Como cristiano me presento ante Dios que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y, como argentino, derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde.
Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos. Viva la Patria”

(El Verdugo sonriente y con desprecio arroja la carta por el aire)
... Ah... qué ilusiones arbitrarias... Lo digo desde mi experiencia... La sangre no une los cuerpos, ni las almas... Sólo sirve para ensuciar... (Se mira las manos) ¡Si supieran cuánta agua y jabón gasto con mis manos!
(Con repentina ira) ...No fue la última queja del desgraciado, ni su única carta, hay otras. A su madre, a su hermana...
(Cínico) No diré aquí nada de la sangre ni de la mierda, se trata de mujeres...
(Elige otra carta) ...Aquí le habla a la esposa, parece que ella quedó medio   trastornada... Ya conocemos las debilidades femeninas... (Ríe) Tenía razón Aristóteles... ¡gozan de humanidad incompleta...!

“Querida mía;  con más sangre se ahogan los gritos de libertad...
...Sé serena y fuerte... No te avergüences nunca de la muerte de tu esposo, pues la causa por la que he luchado es la más humana y justa: la del pueblo de mi patria...”

(Ríe y comenta la carta) ¡Qué antiguo y qué abstracto! (Ríe más fuerte) ¡...”El pueblo de mi patria”...!
(Vuelve a leer la carta, poco a poco lo gana la dignidad del texto.)

“...Muchas cosas tendría que decirte pero las sintetizo en una sola; me has hecho muy feliz y por ello me voy de la vida con esa serenidad que me has sabido inspirar siempre...
...Continúa la vida con mi recuerdo y con la frente alta, pues de nada debemos avergonzarnos...
...Hoy se difama la honra y el honor; pero yo he procedido siempre con integridad. Sólo pienso que no terminamos nuestra obra en común: la felicidad de nuestra querida hija. A ti te toca hacerlo. No me dan tiempo siquiera a despedirme de ti con un gran beso. Aquí te lo envío. Pongo en él mi corazón, que ha sido siempre de mi mujercita querida...
Adiós mi amor... besos y besos, Juanjo”

Ya lo ven, demasiado romántico para ser un buen militar.
Por supuesto, no podía faltar la carta a la hija... Ya saben, un padre antiguo y el amor por sus hijas... Viejas historias de celos y pasiones reprimidas que pueblan los teatros...

“Querida Susanita... Sé fuerte. Te debes a tu madre...
...No te avergüences de tu padre, muere por una causa justa;  algún día te enorgullecerás de ello... A tus hijos cuéntales del abuelo que no vieron.
...No muero como un cualquiera, muero como un hombre de honor...”

(Con tono de burla, explicativo.)
Ah, pareciera que el honor es el tema que más le preocupa a los padres cuando hablan con sus hijos... (Ríe, cruel) ¡Vaya honor el de los muertos!
(Vuelve a sumergirse en la carta y otra vez la dignidad del texto se apoderará de él.)

“...Ni siquiera puedo darte el beso de despedida, hasta eso los hombres me han negado...
...Te pido nuevamente que veles por tu mamita...
...Mi chiquita, tené valor y da el ejemplo de entereza que honra nuestra sangre...
...Mi linda pequeña, trabaja con fe en la vida y en tus fuerzas...
...Sólo traiciones y venganzas me llevan a este fin, pero no quiero dejarte ninguna amargura...
...En estos papeles están todos mis besos que hubiera  deseado darte...
...Mi linda, coraje y a luchar con la frente alta en la vida... Papito”
(Deja la carta, su voz se vuelve agresiva.)

...Luchar... siempre demandas para luchar, sin entender que vale más pájaro en mano que cien volando... (Ríe, se burla de si mismo.) De no ser verdugo sería cazador de pájaros... Me imagino durmiendo entre cantos de mirlos y torcazas... y después comerme unas palomitas con polenta...
Pero no... nunca hay tiempo... La rutina del verdugo siempre es dura... Y la historia no se termina fácil, aquí no se trata de “muerto el perro se acabó la rabia”; siempre hay quejas, alguien que investiga... y están las cartas... que tampoco se pueden quemar así como sí... No me puedo olvidar de la historia, soy yo el que trae la muerte y guarda bajo siete llaves la historia. Ya ven... (Ríe, alocado) Ahora me guardo otra vez las cartas del desgraciado en el culo. (Lo hace, con cierta delicadeza.)
...(Ríe) Cierro mi culo y abro la boca para dar paso a la historia...

(Hay un cambio de luz, se escucha una música lejana, serena, que acerca una amenaza...)
Serían las dos de la tarde del 12 de junio de 1956, cuando ingresó en la Penitenciaría.
Yo estaba allí y le dije que a las diez de la noche sería fusilado.
...Ni una palabra...
...Tampoco un gesto...
...Pareció que lo esperaba...
(Cambia la luz, se torna pálida, fantasmal. La música es serena pero sombría)
(El hombre es ahora el general Valle; otro es el espíritu y otra la solemnidad de aquel cuerpo)
No me sorprendió la noticia. Sabía cuando me apresaron, que otros compañeros habían sido fusilados y, que de mi muerte dependía, que se parara la matanza, el escarmiento planificado. Por eso me entregué aún sin creerle al verdugo que garantizó mi vida... Noticia y recuerdos me desgarraban: Tanco, Cogorno, Cortines, Cano, Ibazeta, Caro, Noriega y el maestro de banda Néstor Videla... “Dirigirás una orquesta de ángeles desde el cielo”. En la madrugada anterior, en los basurales de José León Suárez, ya habían masacrado a un puñado de obreros... ni siquiera tuvieron un “porque” como mortaja.
Yo ya estaba condenado cuando, en combate, retomé la Secretaría de Marina el 16 de junio de hace un año, después que aviones navales masacraran al pueblo en la Plaza de Mayo, aquel bárbaro fusilamiento de civiles desde el aire. Entonces, el almirante Olivieri entregó las armas en medio de cientos de cadáveres... cuerpos desgarrados a nuestro alrededor... manos pidiendo auxilio... y zapatos... y carteras.... autos quemados que todavía crujían sobre el asfalto... Fue cuando le reproché con indignación al sublevado: “En la intentona por voltear a Perón ¿Tuvieron que derramar tanta sangre? ¿Llegar a este horror?...  Hubiera bastado con que en una reunión de gabinete, con un solo tiro, le bajaran la cabeza... Claro, que para hacerlo así había que tener muchas pelotas...”
Como contra Dorrego, otra vez la traición. La que nunca es repentina. ¿Desde cuando vienen rumiando mi desgracia?... Mis asesinos de hoy fueron camaradas de la juventud y compartieron -¡Tantas veces!- mi mesa en la intimidad familiar... Oh, mi Dios, tengo sed... ¿Quién traerá justicia a mi boca seca?

(El hombre va de un lado a  otro, camina lento y seguro, ceremonioso, va para que lo maten...)
Camino por los pasillos de la Penitenciaria, escucho el retumbo del taconeo del pelotón, vestidos de blanco los marineros... Yo estoy de civil, dejé el uniforme cuando fusilaron a mis compañeros...
Como una ráfaga iluminada tuve ante mí la casa paterna... Muy cerca de allí... En mi boca los primeros besos... Hay un murmullo de agua en mi alma...
En ese camino interminable me repetí como único consuelo: “hiciste lo que debías...” ...Lo que necesitaba decir ya estaba dicho en las cartas... Y en los besos que pude darle en los últimos minutos a Susanita.
...Traté de respirar bien para seguir erguido...
...En el  patio frío me recibió la noche fría... Sentí latir mi corazón, sin fatigas ni sobresaltos...
No permití que me vendaran los ojos y quedé parado de frente al pelotón esperando las balas ... El cielo me pareció un espejo sin luz... Oh,  mi Dios. ¿quién me despertará de este sueño en la mañana...?

(Hay un cambio profundo de atmósfera. Otra vez el hombre es el verdugo; su cuerpo es más decrépito;  su sabiduría, ruin...)
Ya ven, parece que el verdugo se queda siempre con la última palabra... (Ríe). Y después viene la muerte, con el último silencio...
(Se mueve agitado en la oscuridad)
...¿Cuándo entenderán...?
...¿Cuántos muertos más necesitan para saber...?
...Lo que llaman justicia, es la máscara final del poder...
...Como toda máscara, encubre la verdad,
seduce tras la apariencia...
...Como todo poder, inclina la verdad
bajo el peso de su violencia...
...Como todo sueño, la justicia es violada
con placer, en los jardines del día...
...¿Cuándo entenderán que lo único justo
de la vida es la llegada puntual de la muerte?

(Se exaspera, alucinado ante las sombras que lo cercan, inalcanzables...)
¡Todos  sus héroes son héroes muertos!
¡Apenas una sombra pasajera!

(Llega la oscuridad; se escucha la voz dulcísima de una mujer que canta.)





Cuarto movimiento

VERDUGO:
Son tiempos difíciles para este verdugo. (Ríe) Medio imbécil. O poco sabio, que más temprano que tarde tendrá que poner los puntos sobre las ies. Es mi obsesión, lo admito: los puntos sobre las ies.
No se puede escarmentar a la multitud, es más eficaz matar de a uno, para espantar al rebaño.
Se complica la tarea. Lo mío es ejecutar, y ahora también me toca señalar una cabeza entre miles... aturde esta marea de pobres... su naturaleza es tan vil como ayer la de los esclavos

Siento que me confunden los juegos del poder... El poder nunca está solo. El buen verdugo tiene que saberlo, o poner su propio cuello en remojo...
Detrás del poder hay cuerpos que lo sostienen, a veces se muestran.. aunque gozan más el anonimato, la oscuridad. ¡Desde allí cuidan lo suyo!... Me confunden los juegos del poder...
Son manos que arriman la pluma al que firma la orden... Ayudan a sostener la horca...
Son voces... son voces, las escucho... Me confunden...

(El Verdugo habla, como si fuera esas voces)
“!No puede ser que todo lo ensucien!”
“Esta gente... nacieron de la suciedad, engendrados no por un limpio amor sino por un sucio instinto, entre jadeos, bufidos y sudores que son de animal y no de cuerpo humano; viven en el  medio de la más atroz inmundicia, ¡un chiquero!, y todo lo que tocan lo degradan y envilecen, lo convierten en mugre y basura, cartón y trapo...”
“Son niños sucios, son hombres y mujeres sucios, son viejo sucios y son muertos sucios...”
“Hasta el Señor se espanta de sus almas, que no huelen mejor que sus cuerpos, degradados por años y años de suciedad...”
“La piel dejó paso al cuero y la carne ya no se distingue del barro...”
“¡De la peor manera nacieron y a la peor tierra volverán!”

Yo escucho a los mansos que se sirven del poder... mientras, calladitos, les sonríen y acompañan con ese leve fruncimiento de los labios aprendido en siglos de complicidad.

(El Verdugo habla otra vez como si fuera las voces)
“¡No puede ser semejante fealdad!”  “¡Ofende!”
Feos de toda fealdad, hasta ser impúdicos...”
“¡Ah, estos pobres!” “¡Pagan con la fealdad la culpa de estar vivos...!”
También escucho lo que dice Dios por la lengua de sus dignos pastores: “No pueden ser tantos vicios. La tierra sucumbirá por el fuego de una estrella negra”
Esto es lo que siente mi corazón, y lo confieso...
Pronto he de matar, soy un verdugo...
Lo dije: Mi destino es mi oficio, más que elegido... aceptado...
Sin embargo, tengo hoy quejas: Ya no se trata de matar con hidalguía a un enemigo  que será  parte de la historia... con el nombre en una calle y busto en la plaza.
Se trata ahora de matar al voleo... como si fueran chimangos... a algún desgraciado... un pobre entre otros pobres que pronto será  olvido... Así se quita categoría a mi oficio,... Me quejo...

Aquí estoy, recibiendo órdenes...
(Como si fuera otro, con tono brutal, sin matices)
¡Hay que escarmentar! A esos desgraciados. ¡que no jodan más! ¡El puente hoy no lo cortan! ¡Ni comida, ni ayuda! ¡Palos! ¡Ya se fueron de la raya! ¡Palos y a la bolsa!
Así se dijo.
“¡Romperles bien el culo!”
Así se dijo. Sin medias tintas. Lo entendí al vuelo, de tan claro.
“¡Y que no se gaste pólvora en chimangos!”

Un hombre de mi oficio no tiene que perder la calma, ni guiarse por presagios... Sin embargo, esta mañana...
Me levanté con el pie  torcido, como se dice... No me gustan los pájaros en mi ventana... El agua para el mate hervía. Me quemé la lengua. El sueño de la noche me perseguía: ...Para colmo, mi arma reglamentaria se trababa...
Y después, el encuentro con la chusma... Insistían con cortar el puente. Más agresivos que nunca. Con palos. Con capuchas. Con más insultos. Con más demandas; envalentonados, ya daban ordenes... como si sus cicatrices de pobres fueran una corona...
Sentí que llegaba el día. El escarmiento. La ola. Los puntos sobre las ies...

¡Se me están hinchando las bolas!
...No me gusta que me toquen... menos, que me empujen... ¡Alguien me escupió en el    hombro! ¡Carajo!
...No permito que me miren a los ojos...¡Se trata de respeto! ...Y me están mirando...
(Le grita a la sombra de Darío Santillán) ¡Bajá los ojos! ¡Bajá los ojos! ¡Cabrón! ...Siguió mirándome a los ojos, como si yo no le importara...
Se sonreía... sereno... como si estuviera en una fiesta... (Crece en su enojo, se vuelve grosero, le grita a la sombra) ¡De qué mierda te sonreís!
...!Entendés ahora, si te hablo así, cajeta pelada!
...!Me estás cansando con la sonrisa. (Cambia el tono, explica)  Y la escoria de hambrientos, cientos, en jauría, escapados de sus cuevas, seguían ahí, frente a nosotros, en el puente Pueyrredón, sin retroceder un metro, con sus capuchas y sus palos...
Ya no mendigaban, desafiaban...
(Le grita a la sombra) ¡No te sonrías, no mirés a los ojos, no empujés!
(Explica)....Siguió ahí, sereno, desarmada, como si no me temiera...
(Le grita a la sombra, cada vez más terrible) ¡Mirá que estoy calzado putón ¡
¡Vas a saber quien es el poronga, melenita de oro!
¡Vas a lamerme los sobacos!
¡Vas a llorar por el ojete!
¡Vas a sangrar hasta el alma ¡Pajero!
(Gritando a todos, con voz de mando)... ¡Basta!
...!Basta de piquetes!
¡...Basta de cortar la ruta! ¡Basta de cortar el puente! ¡Basta de cortar la calle!
¡Aquí nadie corta más nada!
(Otra vez le grita a la sombra de Darío Santillán) ¡Te la estás buscando!
¡Cartón lleno para vos, pendejo! ¡Bingo! ¡Bingo!
¡Andá contando las horas!
¡Limpiate bien el tuje que la Parca te espera para el hoyo! ¡Soretón!

La partida recién empezaba... Sabía que alguien la perdería...No sería yo, por supuesto, que soy el verdugo (ríe)
Ya aprenderá ese pendejo a bajar los ojos, me dije... (ríe) Aunque un poco tarde, no le servirá de nada...

Parecía una casería de patos... Saltaban, se arrastraban, volaban de tanto miedo... Uno caía aquí, otro más allá...
Sucios como siempre, ahora también con sangre...
No quise participar. A penas un par de tiros... algún grito... Yo estaba para otra cosa, no para cazar patos...
Tenía que cumplir la orden. El escarmiento. No se los puede escarmentar a todos... Buscaba un cabecilla. Lo  fuera o no, ya lo tenía marcado. O mejor: él mismo se había puesto la cruz sobre la espalda...(Ríe)
... Sólo falta ponerle el puntito a la i...

Entré en la estación de tren.
Ahí estaba él.
(Le habla a la sombra de Darío Santillán) ¡Así que decidiste quedarte!
¡Para cuidar al otro turro baleado!
Muy bien. Eso termina de cagarte
Los pobres pueden mendigar, llorar, gritar y matar.
Hasta  ahí.
Eso de sufrir por el otro. De hacerse cargo del otro.
Eso no es para vos. Eso es demasiado para vos, o querés ser un héroe, cajetón.

Lo agarré de los pelos. Le levanté la cabeza...
Me miraba a los ojos... Me sonreía... El guacho, sonriendo, me sonreía...
Le disparé.
...El puntito sobre la i.... fue con sangre...
(Ríe. Después grita) ¡Sombras! ¡Sombras! ¡Eso son! ¡Sombras, nada más!
...Ya lo dije... Soy el imbécil... que cuenta la tragedia...¡En este país lo que sobra son sombras! ... ¡Toda su historia es una tragedia de sombras!

Nada existiría si la vida y la muerte no durmieran en el mismo lecho.
Una cuestión final: ¿Quién de las dos muestra su culo al cielo?


Apagón

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